Durante años pensé que mi consulta era el espacio físico: la sala, la luz, la butaca. La pandemia primero y mis pacientes después me enseñaron que la consulta es el encuadre, no las paredes.
Lo que me costó más de lo que esperaba
- Sostener los silencios por videollamada sin rellenarlos.
- Renegociar límites: mensajes entre sesiones, cámaras apagadas, sesiones desde el coche.
- Cuidar mi propia fatiga de pantalla para llegar entera a la última sesión.
Lo que gané
Continuidad terapéutica en mudanzas y viajes, acceso para pacientes de zonas sin oferta especializada, y una flexibilidad que — bien encuadrada — refuerza la alianza en lugar de diluirla.